Locura de media noche.

Repentinamente abrimos los ojos, unos gritos aterrorizantes se escuchaban alrededor de la casa, miramos el reloj, dos de la mañana, es raro, estamos en medio de la nada, no hay mucha gente y en la casa solo vivimos tres personas. Es una casa muy grande, sin muebles, solo tiene cocina y baño equipados, una cama en uno de los dormitorios del primer piso y otra en el segundo.

La única luz que se ve durante la noche es la de la chimenea, antes de dormir la alimentamos con leña y bajamos la intensidad para mantener el hogar cálido.

La casa está en medio de pequeñas montañas, colinas y granjas, constantemente se oyen vacas, corderos y animales que rodean el campo.

Uno de nosotros se levantó para ver lo que sucedía. Los gritos de una persona desesperada corriendo por fuera, gritos desgarradores como si simplemente estuviera muy enojado con la vida, gritando palabras en inglés pero que por su estado, apenas lograba balbucear.

Golpes en la muralla, pasos fuertes por las escaleras, subían y bajaban como buscando algo. No entendía nada, me quede en la cama acurrucada pensando que hacer, pasaban los minutos y mi pareja no volvía. Pero lo escuché hablar y me tranquilice. Se escuchaban voces de varias personas y yo solo reconocía dos la de mi pareja y la de nuestro compañero de casa.

Inmerso en éxtasis, no tenía control de él mismo, su tono de voz a las 3 de la mañana gritando y golpeando las murallas, no dejaban de repetir en mi cabeza, la adrenalina que corría en su sangre encendían sus rojos ojos y no permitían que nuestro lunático compañero de casa pudiera quedarse quieto.

El motor de un auto se encendió y las voces se dejaron de escuchar, solo dejó la estela del sonido de un auto acelerando de manera brusca hacia la salida del terreno.

Nuestros ojos comienzan a sentirse pesados sin decirnos nada, nos miramos con cara de interrogación o más bien de “que paso aquí” intentamos dormir, al otro día tocaba trabajar.

Cuatro de la mañana, un motor se acerca, descontrolado, solo y triste en un monólogo interno que sólo él podía entender. Desde el primer piso escuchábamos como arrojaba sus cosas, golpeamos fuertemente la pared. El silencio apareció y la calma volvió.

Isla Sur, Nueva Zelanda.
Historias de Farm.

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